4.6.12

Una mirada a los espacios verdes públicos de Buenos Aires durante el siglo XX

Acuarela Carlos Pellegrini Plaza de Mayo
Plaza de Mayo- Acuarela de Carlos Pellegrini
1829
publicado en la Revista de Arquitectura de la Universidad Católica de Colombia (2006) 
por Sonia Berjman


Las plazas y los parques deben ser analizados desde a perspectiva totalizadora del ser humano ya que en
ellos confluyen casi todas las actividades de los habitantes de las ciudades, y adquieren una importancia
mayor aquellas intangibles: deseos, sentimientos, vivencias, recuerdos.

Es por ello que los documentos históricos que nos ayudan a reconstruir el pasado deben ser entendidos
dentro de un espectro amplio que nos muestre los tipos y densidades de uso, sus aspectos estéticos y botánicos, la significación en la comunidad y en el individuo, y su relación con la ideología del poder de cada época.
No debe olvidarse que los espacios verdes urbanos son propiedad del común, de todos nosotros, quienes solventamos su proyecto, construcción y mantenimiento, pero por sobre todo les damos significado con nuestras vivencias cotidianas. De nada vale tener una plaza por habitante si está enrejada y no se puede usar, o si las condiciones sociales se asemejan a lo que Lewis Mumford llamó tiranópolis: la dictadura militar de la
década de 1970 se preocupó por crear y remodelar plazas y parques pero los vecinos estaban atemorizados de usar el espacio público. La democracia nos devolvió el sano ejercicio de sentirnos dueños de la ciudad.
En el transcurso del siglo XX Buenos Aires experimentó un desmesurado crecimiento edilicio y una sobresaturación de uso por los millones de personas del conurbano que realizan sus actividades en nuestra ciudad, aunque los residentes fijos se mantienen casi estables desde 1936. Además, los siglos son divisiones arbitrarias, así que debemos considerar cuáles fueron los hechos que dieron lugar a cambios significativos.
Buenos Aires fue declarada Capital de la Nación en 1880 y la culminación del proceso de su construcción
como tal fue la conmemoración de nuestro primer Centenario en 1910. Esos treinta años resultaron en
una ciudad de tarjeta postal y coincidieron con el trabajo de dos eminentes Directores de Paseos: Eugène Courtois (1880-1890) y Carlos Thays (1891-1913), quienes materializaron en nuestra ciudad la imagen del espacio público verde de la ansiada París. Otros dos destacados profesionales fueron Benito Carrasco (1914-1918) y Carlos León Thays (h) (1921-1946). 
Luego de ellos la época de los grandes directores de paseos terminó.
Barrancas de Belgrano Ciudad de Buenos Aires
Barrancas de Belgrano, octubre 2012
Eugène Courtois introdujo el modelo francés de espacio público con vegetación, terminando con tres siglos
de modelo español sin verde. La fragilidad del jardín no nos permite tener hoy paseos realizados por su mano pero contamos con una amplia documentación sobre su contribución a la ciudad. Fue el primero en advertir las potencialidades de la urbe con un río a su vera y realizó los primeros estudios y proyectos costaneros. Carlos Thays fue un francés que se convirtió en el más grande paisajista argentino: su obra nos legó la imagen urbana que tenemos hoy. Fue el creador de nuestro Jardín Botánico; del Parque 3 de Febrero moderno; del barrio de Palermo Chico y de la Avenida Figueroa Alcorta como conexión con el parque; las Barrancas de Belgrano; los parques Ameghino, Los Andes, Centenario, Colón,
Patricios, Chacabuco y Pereyra; las plazas Rodríguez Peña, Castelli, del Congreso, A. Brown, Solís, Olivera, Matheu, Francia, Balcarce y Britannia. Sus principales remodelaciones fueron: el Paseo Intendente Alvear, Parque Lezama (sobre la antigua quinta Lezama), Parque Avellaneda (sobre la antigua quinta Olivera), todas las plazas ya existentes y ocho plazoletas, dentro de las cuales debe destacarse la del Teatro Colón, hoy desaparecida.

Jardín Público

La introducción del modelo del jardín público francés a la imagen y semejanza de la París de Haussmann y Alphand conllevó la importación de costumbres y hábitos sociales como el Corso de las Flores, las caravanas de coches de caballos primero, y de automóviles después, alrededor del lago de Palermo, así como las cabalgatas, la práctica de deportes como el cricket, el ciclismo y el footing. 
Un rasgo local propio fue la incorporación de obras de arte a los paseos públicos, para educación popular, convirtiéndose las plazas y parques de Buenos Aires en verdaderos museos al aire libre, con firmas de primer nivel mundial: el Sarmiento de Rodin, el Alvear de Bourdelle, la réplica de la Estatua de la Libertad, etc.
Benito Carrasco introdujo el concepto de que la Dirección de
Paseos tenía una misión social que cumplir, por lo que se preocupó
por organizar la práctica de deportes en los paseos públicos,
construyendo facilidades para ello como canchas de tenis y de
fútbol; fundó el teatro infantil que efectuaba funciones en distintas
plazas;
organizó junto a Clemente Onelli, Director del Zoológico,
la producción en los paseos públicos: se cosechaban aceitunas
y se hacía aceite, se producía leche en las cabrerías y vaquerías
municipales, todos estos productos se distribuían en los hospitales
públicos. En el aspecto científico creó el Museo, la Biblioteca y el Gabinete Fotográfico del Jardín Botánico así como la Escuela de Jardineros en la que los alumnos estaban becados y tenían
asegurado un puesto de trabajo al finalizar sus estudios de cuatro años. Sus principales obras paisajísticas que hoy sobreviven son el Rosedal, la plaza Seeber, la Costanera Sur.
Carlos León Thays (h) fue el director de paseos que más tiempo perduró en su función (1921-1946), legándonos conjuntos sumamente importantes para el desarrollo urbano de Buenos Aires: los
parques de la Recoleta, la plaza San Martín; los jardines de la Costanera Norte y de las avenidas Gral. Paz y 9 de Julio hoy desaparecidos; la apertura de los parques Rivadavia y Santojanni; la ampliación de la plaza Lavalle con la quinta Miró; la construcción del Patio Andaluz del Parque 3 de Febrero, etc.
Jardín Botánico de la Ciudad de Buenos Aires
Como ya no se disponía fácilmente de grandes superficies se dedicó a crear plazas barriales —cincuenta plazas nuevas —y plazoletas —otras cincuenta—.

En el '30 eliminaron las rejas

La década de 1930 fue especialmente interesante por cuanto se dio una polémica en los medios periodísticos, con activa participación ciudadana, referida a varios aspectos de los espacios verdes. Entre los más interesantes se cuenta la eliminación del enrejado de los parques —antes había un horario para ingresar a los parques, días para mujeres y niños, días para caballeros—.
 Al retirarse la verja del Jardín Botánico se sucedió un saqueo intensivo 
de las especies y pocos años después hubo que volver a enrejarlo. En 1936 se inauguró la Plaza de
la República con el Obelisco, obra del arquitecto Alberto Prebish. A pesar de las críticas
y pedidos de demolición, el Obelisco se quedó y se convirtió en nuestro símbolo, al
igual que ocurrió con la Tour Eiffel de Paris.
En la época de Carlos León Thays (h) se practicaba en los bosques de Palermo la
cacería del zorro, igual a la británica, pero con un jinete con señal en vez de animal.
Se incorporaron las bibliotecas obreras que eran kioscos de madera de libre acceso, con
libros para leer al aire libre que se ubicaron en varios parques y plazas. Los primeros días
los lectores confundidos se llevaron la mayor parte de los libros a casa, oportunos avisos
aclaratorios en los diarios lograron recuperar gran parte de los volúmenes.
Con el acto popular llevado a cabo el 17 

de octubre de 1945 que culminó tiempo después 

con la asunción de Perón al gobierno se introdujo definitivamente el uso político 

de la Plaza de Mayo: desde entonces quienes se apropiaron del espacio de la plaza 
detentaron el poder real
Dos hitos en los paseos fueron construidos en los principios de 1970: la plaza Perú, única obra pública del gran Roberto Burle Marx en nuestro país, demolida en su parte
principal por un intendente cuyo nombre es mejor olvidar; y la plaza Roberto Arlt, obra de Marta Montero, que significó una nueva propuesta paisajística en un terreno en medio de la manzana incorporando actividades lúdicas y recreativas novedosas.


La dictadura de esa década nos trajo las plazas de cemento que comenzaron a surgir en baldíos o sobre antiguas plazas barriales, demostrando una vez más como se materializa la ideología de sostén del poder en ejercicio. En este caso, el poder fue utilizado tanto por las autoridades como por los proyectistas quienes, con no oculta vanidad, deseaban dejar establecida su intervención en la ciudad a partir de la erección de lo moderno que debía diferenciarse de los edénicos paisajistas finiseculares.
No hay duda de que han conseguido sus propósitos: nos proveyeron de columnas en vez de árboles y de casas sin techo de hormigón en vez de espacio verde, allí no anidan los pajaritos ni los chicos se pueden trepar a los árboles. No olvidemos que una de las más importantes características de la jardinería es su permanente cambio y crecimiento, su mutación, su fugacidad.
En contrapartida, el hormigón armado, como obra del hombre que desea reafirmar para la posteridad su presencia y su acción, aspira a la permanencia, a la inmutabilidad y a la intemporalidad. Y es precisamente por esa diferencia que las plazas aparecen como treguas dentro de la ciudad: oponen su dinamismo al quietismo del entorno. La herencia más importante de los terribles años de presión es la ronda de los jueves de las Madres en la
Plaza de Mayo.Años después se sumarían la carpa blanca de los maestros en la Plaza del Congreso y las reuniones de los lunes de Memoria Activa en la Plaza Lavalle, para reclamar justicia por el atentado a la sede central judía en la Argentina. Nos recuerdan uno de los rasgos perdurables de todo espacio verde: la memoria.

Plazas de la Democracia

Las plazas de la democracia comenzaron a surgir a fines de 1982 cuando se realizó una multipartidaria concentración popular en la Plaza de Mayo reclamando la democratización del país.
Se presagiaban nuevos aires para el hábitat porteño. La reinstauración democrática conllevó el ineludible ejercicio de volver a integrar a los ciudadanos con su morada urbana: proceso de
aprendizaje costoso pero necesario, tanto para vecinos como para gobernantes.
Como muestra de la nueva actitud, se inició una experiencia comunitaria: para promover la urbanidad, ese bien tan olvidado.
La Municipalidad organizó un concurso de murales en una de las zonas demolidas para la construcción, luego desestimada, de la Autopista Central. A raíz de esta convocatoria y de la efervescencia
que ello provocó en el vecindario, un grupo de vecinos y profesionales se organizó y autogestionó la
construcción de una plaza para mejorar ese entorno tan degradado. 
El Paseo de la Paz en Monroe y Holmberg tuvo el inesperado logro de relacionar a los antiguos
vecinos del barrio con los intrusos de las casas abandonadas. En realidad en este caso lo más valioso fue la participación de los vecinos en la empresa común de construir su propia plaza barrial. Esta primera
experiencia se repitió en una docena de situaciones similares, agregándose también
las huertas urbanas.
La década de 1990 nos trajo una nueva gestión municipal que implementó un sistema
de padrinazgos empresarios. Las favorecidas fueron y son las plazas de los
sectores habitados por las clases altas, en detrimento de las ubicadas en barriadas
pobres. Además, se verifica la falta de respeto al diseño original.
Al finalizar el milenio hubo signos de cambio en las políticas gubernamentales
a los que no fueron ajenas las luchas de los vecinos en defensa de sus espacios verdes. La Plaza de
los Periodistas fue el resultado de casi dos décadas de reclamos barriales. La plaza Puerto Argentino, en predio antes ocupado por un restaurante, nos devolvió no sólo un espacio público sino también
la perdida vista al Río de la Plata. La Plaza del Lector revive la práctica de la lectura al aire libre e incorpora las plazas temáticas. 

Parque Avellaneda 

La tentativa de recuperación del Parque Avellaneda introdujo—aunque muy tímidamente— el tema de la restauración de jardines.
Sin embargo, las contradicciones son muchas y profundas. El enrejado indiscriminado insulta nuestra condición de ciudadanos libres; las usurpaciones de ingentes superficies verdes nos priva
del uso comunitario de los paseos que deben ser públicos; la falta de adecuado mantenimiento ha producido un languidecimiento de la otrora excelente dotación de parques y plazas; La segmentación
brutal entre centro y periferia ha producido situaciones límites de inhabitabilidad en barrios marginales. Sin embargo, la falta de espacios verdes no se limita a los vecindarios tugurizados sino que afecta a la ciudad en su totalidad. Baste como ejemplo la situación de nuestro primer y más importante parque público: el Parque
3 de Febrero o Parque de Palermo hoy tiene menos de cien  hectáreas de espacio público cuando llegó a tener cuatrocientas .
La novedad de nuestra casi única Reserva Ecológica no puede ser considerada un espacio verde urbano pues es el resultado de la obra de la naturaleza y es, como su nombre lo indica una
reserva de fauna y flora y su manejo y uso es diferente del de una plaza o un parque. De todos modos ya lleva cerca de quinientos incendios intencionales en sus veinte años de vida, producidos por
individuos inescrupulosos deseosos de convertir esa superficie en negocio inmobiliario.
Otro de los graves problemas es la descontrolada cantidad de nuevas construcciones en las plazas, para diversos fines, todos loables pero que tendrían que tener ubicación en los sectores
construidos de la ciudad y no en los espacios verdes. Los espacios verdes deben ser lugares de naturaleza y libres de todo tipo de construcción, tal como lo especificaba una ley ya en 1862. A partir de la fundación de la Asociación Amigos del Lago de Palermo en 1990, se fue gestando una conciencia vecinal que
hoy ha fructificado en una gran cantidad de ongs, reunidas en la Asamblea Permanente por los Espacios Verdes Urbanos, que son las que realmente pueden transformar la situación vigente. Sólo a
partir del trabajo de los vecinos, de la exigencia a las autoridades del cumplimiento de sus obligaciones, del control permanente de los actos de gobierno y de la participación, puede llegar a revertirse
la desesperada situación en la que nos encontramos. De no ser así Buenos Aires será una ciudad inhabitable, irremediablemente enferma de una aparente civilización que sólo nos llevará a
la alienación colectiva.
Hoy, cuando el siglo XX va siendo el siglo pasado, debemos rescatar la acción de los visionarios decimonónicos, aquellos pioneros constructores de nuestras llamadas ciudades modernas, en
las que el parque público respondía a básicas premisas de higiene, ornato y recreación. 
Es la herencia del pensamiento francés en conjunción con la decisión gubernamental argentina, y es, en definitiva, la única posibilidad de reencontrarnos tanto con una naturaleza 
olvidada como con una parte esencial de nuestra identidad apropiada, la que ha terminado por pertenecernos tan genuinamente que ya no es posible imaginar una Buenos Aires sin sus
parques y plazas franceses, hoy ya irremediablemente porteños. 
olvidada como con una parte esencial de nuestra identidad apropiada, la que ha terminado por pertenecernos tan genuinamente que ya no es posible imaginar una Buenos Aires sin sus parques y plazas franceses, hoy ya irremediablemente porteños. 

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