25.11.16

Isidro Lorea, el de la Plaza Congreso

Retablo mayor de la Iglesia San Ignacio
Curiosa Buenos Aires que pone nombres para hacer homenajes, a veces a personas que luego no recuerda.
El vasco Lorea era un ebanista distinguido en la ciudad de Buenos Aires por su trabajo artesanal. Su nombre lo lleva una de las plazas del Congreso, aunque los porteños le llamen a esos predios Plaza Congreso. El bautismo no fue por destacar al artesano, sino porque donó los lotes con la condición de que se lo recordara.  Isidro y su esposa  -Isabel Gutiérrez Humarés, porteña de la alta sociedad colonial- murieron en las invasiones inglesas.
Lorea llegó a Santa María del Buen Ayre sabiendo que no habría allí quien tallara la madera, al menos como lo hacía él. Entre sus obras están piezas de la Catedral Metropolitana y su vida se remonta a tiempos anteriores a la Revolución de Mayo.
Fue por 1782 que este vasco compró dos hectáreas de un lugar conocido como el Huevo del Mercado de la Piedad. Se llamaban huecos a los espacios en deshuso generalmente destinados a estacionamiento de carretas o simplemente terrenos baldíos. Ese era el "de la Piedad" por su cercanía a la iglesia de ese nombre. Estaba entre la actual calle San José (continuación de Uruguay y por entonces calle Pazo) la actual Virrey Ceballos y la actual avenida Rivadavia en un tramo que selló De las Torres o de Los reinos de Arriba y finalmente la actual Yrigoyen (antes del Cabildo).
También bordeaba el terreno el Zanjón de Matorras que estaba a cielo abierto, claro, un arroyo.
Isidro Lorea murió junto a su esposa durante las invasiones inglesas de 1807, pero antes había donado el terreno de 61 metros por 122 metros para que se utilizara de parada de las carretas que venían del Camino de las Tunas (actual avenida Entre Ríos). El virrey Sobremonte, quien le dio recepción cuando recaló en la costa del Río de la Plata, le concedió la condición de que la plaza donada llevaría su nombre "a perpetuidad", el que conserva hasta hoy.
Isidro Lorea había estudiado arquitectura y aprendido las artes del ebanista en tierras vascas.
Ni bien llegó a Buenos Aires instaló una ebanistería y al mismo tiempo importó madera, especialmente destinada para el arte religioso.
Talló las figuras y columnas de los retablos de la Catedral, del retablo mayor inclusive que pesa 20 toneladas y que terminó en 1789. También realizó tallas y dorados de los retablos de la Iglesia de San Ignacio, la más antigua de Buenos Aires en la actual calle Bolívar a una cuadra del Cabildo.
Para esa iglesia también hizo un marco de cedro para una tela del valenciano Miguel Aucell que representa al fundador de la Compañía de Jesús adorando a la Santísima Trinidad: “el cuadro corredizo de San Ignacio” que se usaba en Semana Santa para cubrir las imágenes a los fieles.
Entre otras obras también construyó y talló los retables de las iglesias de los Frailes Capuchinos, de las Hermanas Catalinas, el púlpito de la Basílica de San Francisco, de la Iglesia y Convento Santa Catalina de Siena, y  obras para el convento de San Carlos en  Santa Fe.


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