14.1.16

Las coimas y el río en 1850


De “Buenos Aires y Montevideo en 1850” de Xavier Marmier (Pontalier, 1809 - París, 1892), francés, conocido en su época como viajero incansable. Publicado en Bruselas en 1852.

“Hemos navegado por este magnífico río, y ha sido la nuestra una triste navegación. Por todos lados no vemos más que agua, como en plena mar, pero un agua amarillenta y cenagosa, de fondo variable y curso interrumpido por bancos de arena que obligan al piloto a valerse de la sonda continuamente. .......................
Pueden experimentarse en este río todas las vicisitudes de un viaje por mar: la calma chicha y los ventarrones (pamperos), mucho más peligrosos que en el Atlántico. Sólo median cuarenta leguas entre Montevideo y Buenos Aires y en ese corto trayecto hemos debido anclar cuatro veces, soportar todas las molestias del cabeceo y el balanceo del barco, empleando cinco días en una travesía que debiera cumplirse al parecer en pocas horas.
En esto está la superioridad de Montevideo sobre Buenos Aires, por lo que hace a su situación. Esa superioridad, Rosas pretende negarla, pero tarde o temprano ha de corresponder a Montevideo, según las leyes de la naturaleza. Insistiré más adelante sobre este punto.

Por fin, ya estamos en la rada, a una legua y media de la ciudad. Más cerca, no hay calado suficiente  ni siquiera para buques de escaso tonelaje. Éste es otro inconveniente del comercio de Buenos Aires, que se agrega a los que observan los viajeros remontando el río desde Montevideo.

Horas después de nuestro arribo, viene hacia nosotros una embarcación con tres oficiales armados de largos sables y que visten, de pies a cabeza, con los colores de la Confederación Argentina: kepí, chaleco y pantalón colorados y en el ojal de la chaqueta la cinta, colorada también, donde está impresa con letras negras la divisa implacable del país: «¡Viva la Confederación Argentina!» «¡Mueran los salvajes unitarios!». Tres oficiales de sanidad después de haber recibido nuestra correspondencia sin ninguna observación, y aceptado algunas cajas de cigarros dando las gracias, sin hacer observación alguna a los documentos del barco, se alejan y nos imponen una cuarentena de ocho días. ¿Por qué razón? No sé. Dicen por ahí que hay en la ciudad ciertos negociantes amigos del Dictador que perciben pingües beneficios con el suministro de víveres a los navíos sujetos a esta cuarentena.

En Marsella, puede creerse por lo menos en esto de la cuarentena, dado que no hay el menor contacto directo entre los que la soportan y las gentes del país. Las cartas que pasan a la ciudad, son sometidas a la desinfección, el barco de bandera amarilla es objeto de continua vigilancia; los guardacostas pueden hacer fuego contra la persona que sale del navío subrepticiamente, pero aquí no existe nada parecido. La cuarentena impone una detención benigna de algunos días, impuesta por Rosas, y fundada en razones que sólo él conoce. Quien dice Rosas, aquí, dice la suprema sabiduría y la ley sin apelación. Sea como fuere, resulta triste pasar una semana en una rada sujeta a la furia    de los pamperos, entre un centenar de navíos dispersos aquí y allá, como después de una tormenta, a una legua y media de Buenos Aires y expuestos a quedar incomunicados con la ciudad, al primer soplo de viento. Por fortuna, Francia, mi país, estaba cerca, representado por la corbeta El Astrolabio, y su comandante, M. de Montravel, me acogió bondadosamente desde el primer día. Los oficiales, imitando a su jefe, me enviaron libros y diarios y cuanto podía contribuir a distraer mi retiro después de una larga navegación por el Atlántico.

Terminada la semana de arresto, vimos reaparecer los chalecos rojos y las cintas de la Confederación. Esta vez los oficiales subieron a bordo, bebieron algunos vasos de grog, aceptaron varios paquetes de cigarros y pudimos embarcarnos para Buenos Aires en una chalupa. Según me aproximo, la ciudad aparece a mi vista de modo muy singular y me hace pensar en las ciudades de Oriente, con sus casas blancas y grises de techos planos, y sus cúpulas redondas. Pero este cuadro, bastante pintoresco, carece de segundo plano; no se ven bosques ni colinas; sólo una prolongada línea de edificios que, elevándose a una altura de algunos pies sobre el nivel del agua, corta el horizonte. Más allá, no hay nada sino la llanura, que no se percibe, la inmensa pampa solitaria que se desenvuelve con triste uniformidad hasta el pie de los Andes. Yo esperaba que la chalupa cedida por M. de Montravel, conducida por seis marineros franceses, me depositaría en la misma playa. Pero no. La rada de Buenos Aires no ha sido favorecida por la naturaleza. El omnipotente Rosas, ocupado durante siete años en negociaciones diplomáticas, no ha podido corregir en este lugar los rigores del suelo. Hasta un cuarto de legua de la costa, se internan   en el agua los caballos anfibios, atados a unos carros muy semejantes a los utilizados para cargar los terneros en el mercado de Poissy. Los dirigen unos muchachos que, durante todo el día, andan de un lado a otro, acercándose a los barcos. En uno de estos carros acuáticos amontonamos el equipaje y las maletas. El cochero trepa sobre uno de los caballos hundidos hasta el pecho en el agua, azota a los animales, vocifera, chilla, y a fuerza de latigazos, carambas y carajos, nos arrastra, yendo de un banco de arena a otro, hasta una especie de playa, donde un grupo de negros con pantalones rojos cargan sobre las espaldas las maletas para llevarlas a la Aduana. Mi pobre pluma no puede pintar esa mezcla grotesca de individuos que súbitamente impresiona la vista del extranjero llegado a Buenos Aires: funcionarios del gobierno que ostentan la cinta colorada con la majestad de un grande de España o de un noble sueco; ganapanes medio desnudos, soldados huraños y andrajosos. La única persona de buen aspecto que pude encontrar fue don Pedro Jimeno, capitán del puerto, jefe de la marina y edecán del gobernador, hombre muy afable y cortés (no obstante las altas funciones que desempeña) y a quien estrechamos la mano con verdadero placer.

Cumplidas las formalidades del pasaporte y de la Aduana, me han llevado a un hotel fundado por un francés, que ostenta en grandes letras sobre su farol, un nombre también francés: Hotel de París. Aquí, en este hotel, voy a escribir el relato de mis excursiones por Buenos Aires.

Después de Río de Janeiro, Buenos Aires es la ciudad más grande de la América meridional. Comenzó por ser un grupo miserable de tiendas y chozas que no  podía resistir el asalto de los indios salvajes y ha venido a ser la metrópoli de un enorme país.

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